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alteraciones del psicosoma

Apuntes para reinventar lo ficcionado (o interpretar lo ficcionable)

Categoría

Mnemotecnia intrínseca

Apuntes sobre diversos acontecimientos que intervienen en el proceso escritural

El lector y su encuentro con la escritura

 

 

 Los lectores y sus respuestas al texto

El proceso de creación parte siempre de una inquietud personal; ya sea porque observamos los hábitos de personas cercanas a nosotros, o porque nos imaginamos a nosotros mismos como generadores de algo especial: una canción, una pintura, un poema, un cuento o incluso una película. Yo quisiera enfocarme en la cuestión textual, que es la que conozco, y me gustaría hacerlo contándoles un poco sobre mi propia experiencia al respecto. Varias veces me han preguntado cómo y por qué me acerqué a la escritura, y si eso me hace feliz. El recuerdo más lejano que tengo de ello es cuando era niña y cursaba el tercer año de primaria. En la escuela teníamos un periódico donde podíamos compartir pequeños textos: poemas, cuentos y alguna experiencia especial sobre nuestra vida en familia.  Creo que sin saber exactamente cómo se construye una historia, me animé a contar una de las pequeñas aventuras que mis hermanos y yo teníamos en nuestras visitas cotidianas al parque cercano a nuestra casa. Aunque no tenía la noción de la escritura como un oficio en esa época, sí me era cercana la idea de que podía elegir el libro que quisiera y encontrar personajes y lugares, sobre todo lugares raros, desconocidos, parecidos a lo que imaginaba o soñaba. Desde ese entonces tenía la predilección por los sucesos inexplicables, por la sensación de miedo y extrañeza que me producía saber, por ejemplo, que había niñas con sólo uno o tres ojos, o que se podía ir peinada y no peinada, o que existía un planeta habitado sólo por un pequeño príncipe y una flor.

 

Conforme fui creciendo, mi afición a la lectura era cada vez más fuerte, hasta tal punto que en ocasiones dejaba de cumplir con las tareas de matemáticas porque sabía que mi castigo sería irme a la biblioteca de la escuela durante el recreo, para ponerme al corriente. Ahí fue cuando descubrí la cantidad de temas, autores, tamaños y formas que puede tener un libro: no todos eran pequeños, con letra grande y dibujos, y no todos contaban historias en las que sucedían cosas extrañas en mundos ajenos al nuestro; descubrí,  por ejemplo, los libros de ciencias, de física, de química, de historia y de biología que los profesores consultaban no sólo para dar las clases, sino, supongo que para sus estudios personales o profesionales. Más adelante, durante mis estudios de preparatoria, la asesoría de mis profesores de literatura y filosofía fue esencial  para ayudarme a entender que mi gusto por el lenguaje y la facilidad para la buena ortografía y la comprensión lectora podía potencializarse si me dedicaba al estudio de la lengua y la literatura. Ahí fue cuando supe que existía esa carrera, pero la identidad de la gente que escribía todos los libros que había estado leyendo durante todos esos años seguía siendo un misterio para mí. Yo entré a la carrera de Letras Hispánicas porque quería saber de dónde provenía el lenguaje que usamos ahora, y sobre todo, para leer de forma sistemática las obras que conforman la historia de la literatura hispanoamericana. Fue hasta que estuve en la universidad y que empecé a leer sobre las biografías de estos autores y de otros de distintas partes del mundo que llamaban mi atención, que entendí cómo es que la escritura se puede convertir en un oficio, y cómo, para ello, es indispensable tener un gran amor por la lectura y el lenguaje. Sin embargo, también descubrí que los estudios universitarios no están enfocados en desarrollar la escritura creativa, a menos que se tenga la fortuna de contar con talleres y cursos especializados en ello, o que haya profesores interesados en fomentarla mediante la propuesta de escritura de ensayos literarios como parte de la calificación en clase.  Estudiar literatura me ayudó para comprender las maneras de identificar y acercarse a un texto, ya sea para analizarlo o sólo para disfrutarlo. Y creo que ello fue posible después de entender que un texto sirve principalmente para dos cosas: para comunicar y para expresar, ya sea ideas, sentimientos, dudas, deseos, opiniones, sueños, etcétera; todo lo que forma parte de nuestro imaginario abstracto y concreto, es viable a través de la palabra. Lo importante es identificar qué se quiere y para qué se quiere decir, pues a partir de ello elegiremos las herramientas necesarias para lograrlo. Por lo general, si sólo necesitamos comunicarnos a un nivel básico y cotidiano, usamos el lenguaje oral y corporal, pero si lo que queremos es plantear una idea con estructura o intención creativa, necesitamos conocer y usar el lenguaje escrito, cuyos secretos van más allá del sujeto, verbo y predicado. Estos secretos hablan de aquello de nosotros mismos que encontramos en un cuento, un poema, el personaje de alguna novela o una obra de teatro e incluso en un ensayo; de eso se trata el acercamiento a la lectura y su disfrute: de identificarnos, de vernos, de leernos en las palabras que alguien más ha escrito; de saber que muchas veces, cuando creemos que no hay respuestas a nuestras incógnitas, y que parece que nadie más que nosotros entiende lo que sentimos, imaginamos o nos preguntamos, resulta que existe alguien más, en la misma ciudad o al otro lado del mundo, que elabora, a través de su propio mundo lingüístico y estructural, un mapa a partir de la escritura para que podamos situarnos y encontrarnos, ya sea como individuo o como sociedad. Necesitamos hablar del amor, de la muerte, del misterio, de la violencia, de las entidades que habitan diversos mundos imaginarios, y que no están tan alejados de la realidad, de las pérdidas, de lo que convulsiona al mundo social y al mundo interno de cada uno de nosotros. Todo ello se encuentra, desde que el hombre descubrió su innata habilidad para narrar, en los textos literarios de todas las culturas. Pero antes de adentrarse en el estudio o la creación de ellos, es importante comprender la diferencia entre los tipos de textos que existen. Como mencioné antes, ello está determinado por la función que cumplirán; es decir, por la intención con que fueron hechos. Digamos que nuestra necesidad de comunicar tiene variantes que dependen de lo que queremos decir: hay textos informativos, explicativos, descriptivos y narrativos. Los primeros suelen usarse para cuestiones periodísticas, científicas, filosóficas, religiosas o estadísticas, pues su función es la de otorgar datos concretos, teóricos, específicos y relacionados con una realidad inmediata, mientras que los segundos son los que sirven para construir mundos donde la poesía, el cuento, la novela y el ensayo literario parten del imaginario personal de su creador. El ensayo, en particular, es uno de los más libres en el sentido de que en él pueden convivir todos los anteriores, pues su objetivo es plantear y desarrollar una idea, que a su vez puede enlazar con otras ideas y tipos de lenguajes. Ahora bien, si lo pensamos un poco, todos, desde que aprendemos el abecedario y las reglas gramaticales y ortográficas, vamos practicando la escritura a distintos niveles y con distintos objetivos. Conforme vamos creciendo y nuestras necesidades académicas y personales se van enriqueciendo y haciendo más complejas o se van enfocando hacia determinados rumbos, el uso del lenguaje se va especializando; va tomando forma de acuerdo con lo que queremos decir o necesitamos expresar. Quizá en estas necesidades se definen los tipos de lenguaje que elegimos para comunicarnos: por lo general, la expresión de un deseo o sentimiento va de la mano con la poesía, y el acto de decir, el narrar, hablar de un suceso determinado, se relaciona con la narrativa. Es una forma muy burda, tal vez, pero muy sencilla de comprenderlo de manera inmediata: empezamos a escribir para aprender las reglas y la estructura que constituyen a nuestro idioma, para descubrir cómo suenan las letras cuando se juntan formando sílabas, y después las palabras, y más adelante, las oraciones. Aquí es cuando comienza la gran diferencia del uso del lenguaje, cuando la escritura cobra una dimensión ajena a los fines prácticos o académicos y se convierte en una herramienta creativa.

 

Cómo se forma un escritor

Hay dos tipos básicos de escritura que podemos identificar en la vida cotidiana: aquello que se nos pide de manera expresa en la escuela [resúmenes, ensayos, controles de lectura] y aquello que hacemos por puro gusto. Es importante notar la diferencia en estos tipos de escritura para comprender que cada uno exige un tipo de lenguaje distinto, pues nunca debemos olvidar que el objetivo primordial de todos ellos es comunicarnos y darnos a entender. Por eso existen los códigos lingüísticos, los cuales hay que aprender a identificar y usar en el ámbito que corresponde. Digamos: sabemos que para hacer una tarea escolar hay que cumplir con ciertos requisitos, no sólo en el contenido que se abordará, sino en la forma en que se redactará: debe ser claro, conciso y demostrar que uno comprendió el tema que está desarrollando; no simplemente se trata de copiar lo que alguien más ya escribió al respecto, sino de dar un punto de vista propio. Sabemos también que para comunicarnos con nuestros amigos y familiares existen otros medios que quizá no exigen las mismas reglas de escritura, pero sí un mínimo sentido de entendimiento. Por ejemplo; hoy en día, gracias a los teléfonos celulares y las redes sociales, hemos visto, quienes crecimos notando la aparición y el uso de estos medios, cómo ha cambiado la noción comunicativa a través de ellos. Yo recuerdo que empecé a usar el celular para escribir mensajes de texto, pero había cierta restricción de espacio en ellos y se hacía más costoso, o muchas veces no entendía lo que alguien me enviaba porque no sabía activar los acentos o los signos de puntuación en su teclado, y terminaba llamándole a esa persona para saber exactamente lo que me quería decir. Supongo que debido a esta restricción de la cantidad de texto fue que empezaron a usarse otras formas de escritura en las que se eliminaban letras o se inventaban palabras; ha habido un fenómeno de aglutinación de lenguaje que ha evolucionado hasta ser sustituido por emojis, fotos, videos y gifs que han cambiado el sentido comunicativo. Sin embargo, aunque hay una noción de juego y de inmediatez en el uso de estos elementos  y de la constante publicación de post en las redes sociales, me parece que es clara la diferencia del sentido lingüístico que ocupa en la vida cotidiana. Lo que me inquieta, por ejemplo, es notar que en las publicaciones de Facebook y twitter, la gente ha perdido o ha olvidado cuál es la estructura básica de la escritura. Dirán acaso que son plataformas de diversión y esparcimiento, de “puro cotorreo social”, si se quiere, pero aun pensando en estos medios como un juego, es importante no normalizar los errores gramaticales u ortográficos que pululan en estas publicaciones. Es impresionante cómo la gente piensa que el acto de escribir implica una gran complicación, cuando, en realidad, la mayoría escribe todos los días, a todas horas, a través de estos medios, o en el whatsapp, o en el Messenger o en N cantidad de plataformas y dispositivos. El problema de escribir mal, supuestamente porque sólo se escribe por convivir, es que será cada vez más difícil identificar el error y corregirlo si se justifica diciendo que la publicación tuvo cientos de likes. Se dirá, acaso, que la frase se entendió y que eso es lo que cuenta, pero… ¿se entendió, de verdad, en sentido estricto, o el cerebro hizo un ejercicio de interpretación y corrección para comprender lo que esa frase quiso decir? No hay que olvidar que la ortografía mejora o empeora gracias a nuestro nivel de retención en lo que leemos. Si constantemente vemos una palabra mal escrita, pero aprobada por el consenso público, terminaremos creyendo que no hay error en ella y la empezaremos a escribir así. Sin embargo, no tomamos en cuenta que hay una gran cantidad de gente que sabe que esa palabra está mal escrita y cuando la lea en un mensaje o publicación en donde la usemos, no sólo no entenderá qué estamos diciendo, sino que le hará pensar que no tuvimos el suficiente cuidado para notar el error… Y, ¿alguna vez hemos pensado en el trasfondo que todo ello conlleva? Tener mala redacción o mala ortografía cuando uno tiene preparación profesional implica una falta de atención o problemas de enseñanza y aprendizaje; implica también malos hábitos de lectura o deficiencias en el proceso de comprensión y retención lectora, pero sobre todo, implica un descuido personal al momento de escribir. Insisto en que todo depende del ámbito, de con quién y para qué nos estamos comunicando, pero insisto también en que nunca se debe olvidar que el lenguaje, sus estructuras y sus reglas tienen una razón de ser y una potencialidad enorme para ser explotadas. Escribir bien en las cuestiones básicas de la vida es el primer paso para dedicarse a la escritura creativa. Cuando uno puede escribir respetando la sintaxis y una ortografía básica, puede dedicarse de lleno a explorar otros modos de escritura en los que, paradójicamente, se puede jugar y romper estas estructuras. Aquí es cuando se cumple el clásico “conocer una regla para romperla”: la noción creativa de la escritura permite explorar el lenguaje en todos los sentidos posibles para dotarlo de múltiples significados e incluso reinventarlo. Pero hay que tener mucho cuidado al jugar con ello, pues si no se nota esta intención y trabajo constante sobre un proyecto específico en el que se apueste por esta clase de experimento, será muy fácil confundirlo con un error. Experimentar con el lenguaje implica crear nuevos paradigmas lingüísticos que funcionan con sus propias reglas dentro del universo literario, pero hay que ser muy claros y determinantes con ello, y usarlo sólo en ese contexto para que su sentido conserve ese significado. Por supuesto, no todo escritor tiene que ser un experimentador del lenguaje. La verdadera experimentación radica en la habilidad de hacer creer al lector que existe aquello que se nombra y se describe, aquello que se propone como una posibilidad de existencia alterna al mundo que conocemos. El trabajo del escritor es proponer una realidad que funciona con sus propias reglas; sin embargo, es importante que el lector esté dispuesto a establecer un pacto de credibilidad cuando entra en contacto con el texto, pues de otra forma, se crea una barrera de resistencia entre uno y otro. Además, el lector debe estar dispuesto a dejarse guiar por la cadencia y la estructura del texto dependiendo del tipo de género al que pertenezca: si es un poema, constará de estrofas cortadas en versos con sílabas contadas y rimadas, o libres, como se usa hoy en día. Si se trata de un cuento, la historia estará concentrada en uno o dos personajes, y la resolución del conflicto no presentará las complicaciones o extensiones que suelen encontrarse en una novela, donde siempre habrá varios y distintos personajes enlazados por uno o más conflictos. Como mencioné antes, el tipo de texto determina el tipo de lenguaje que usará el escritor: cuando trabaje sobre un poema, abundarán palabras que remitan a una sensación o a una imagen, por lo general, con la intención de describir lo que siente, piensa o recuerda. La riqueza de la poesía radica en que con pocas palabras se puede evocar una imagen o un pensamiento, ya sea en poemas tan breves como los haikús o en poemas de largo aliento, como Muerte sin fin. Por otro lado, cuando se hace narrativa, el escritor tiene la posibilidad de explayarse usando párrafos para focalizar sus ideas en torno a los personajes y los sucesos que quiere plantear. Su herramienta estructural es la prosa, y puede mezclarla con la poesía para hacer énfasis en determinados aspectos de lo que está narrando, ya sea para describir un paisaje, un ambiente, o el estado de ánimo de alguno de sus personajes. Un escritor siempre siente que tiene algo que decir, y por eso escribe: quizá lo que un escritor tiene que decir no sea muy distinto a algo que se nos haya ocurrido a nosotros; la gran diferencia está en cómo lo dice, en el tipo de palabras que elige para decirlo y la forma en la que las va acomodando unas junto a otras, de tal manera que su voz vaya tomando ritmo y fuerza que destaquen entre otras escrituras. Es así como se forja la identidad y el estilo literario, pero ello sólo se logra con un trabajo constante y comprometido que dura toda la vida, porque una vez que se empieza a escribir, es muy difícil dejarlo si en realidad es un oficio y no un hobby o una ocurrencia para estar a la moda. Para quien escribe, la escritura es su forma de comunicarse con el mundo y de expresar su manera de percibir y de entregarse a él y a los otros. Se empieza a escribir porque hay algo que nos inquieta, que nos abruma, que nos emociona, que nos persigue y que queremos compartir con otros a quienes sabemos que podrían identificarse con todo ello. Diría también que la escritura como ejercicio creativo se desarrolla de forma natural cuando hay manera de integrarlo a la vida cotidiana; cuando se le reconoce como una herramienta para expresar lo que de otra forma no se puede decir, y sobre todo, cuando hay un interés genuino por hacerlo. Es importante identificar este interés en los alumnos para apoyarlos y orientarlos de la mejor manera posible, ya sea recomendando lecturas o proponiendo talleres mediante los cuales puedan desarrollar este ejercicio. Todos somos capaces de generar textos literarios, pero necesitamos alguien que funja como guía para señalar nuestros aciertos y errores; para ayudarnos a plantear el camino y el lugar al que queremos llegar. Una vez que se asume la escritura como oficio, es indispensable determinar un proyecto y un cronograma de trabajo que implique el avance, la revisión y la corrección del mismo, pues difícilmente se logrará un buen texto a la primera. Además, y quizá igual de importante que la disciplina para escribir, lo es el hábito de la lectura diaria. Un escritor que no lee es como un albañil que no sabe usar la pala, el martillo y el cincel. La escritura y la lectura siempre irán de la mano: en principio, porque leer otorga un aprendizaje de estructuras, ortografía y uso del lenguaje, pero también porque si no leemos lo que se ha escrito antes y la manera en la que se ha hecho, repetiremos temas y formas creyendo que estamos inventando algo nuevo.

 

El juego y la escritura

Dentro de la narrativa hay un género de gran tradición que suele identificarse con autoras más que con autores por el hecho de ser intimista y muy personal. Me refiero al diario, un ejercicio que hace años era considerado un hábito cotidiano entre niños y adolescentes y que hoy en día ha sido transformado en una plataforma de intercomunicación masiva como lo es el Facebook. Por supuesto, hay muchas distancias que guardar en esta comparación si tomamos en cuenta que la escritura de un diario implica una especie de confesión con uno mismo, una especie de reflexión en torno a tal o cual suceso significativo y un proceso de autodescubrimiento constante. Sin embargo, como ejercicio escritural, yo recomiendo tomar en cuenta la riqueza literaria implícita en él cuando se hace con esa intención. Cuando leemos, por ejemplo, los diarios de artistas y filósofos, se nos otorga la posibilidad no sólo de conocer sus hábitos cotidianos más nimios [qué desayunaron, a qué hora se levantaron, cómo es el clima esa mañana, qué planes tienen para el día], sino una gran cantidad de notas y procesos creativos sobre algún proyecto particular, así como su perspectiva en torno al contexto social, político, cultural e histórico del momento. Escribir sobre uno mismo, visualizarse como personaje y jugar con las posibilidades de ser otro en realidades en las que nos encantaría habitar, es un gran inicio para agilizar nuestra habilidad en la creación de personajes: cuando somos capaces de inventarnos otro rostro, otra forma, otro cuerpo, otra historia, descubrimos que podemos dar vida a los seres que queremos crear para que sean los pobladores de nuestro propio mundo e incluso universo.

 

Escrituras, reescrituras y creación literaria

Como mencionaba antes, por lo general empezamos a escribir cuando algo nos inquieta, nos impresiona, nos obsesiona, nos asusta y parece instalarse en nuestra mente y nuestros recuerdos. Se puede tratar de alguna experiencia que nos haya dejado una marca significativa, o de algún sueño recurrente; incluso nuestras impresiones al escuchar cierto tipo de música o después de haber visto ciertos dibujos, pinturas y películas puede detonar nuestro impulso creativo. Por supuesto, empezar siempre resulta complicado incluso para quienes nos dedicamos a la escritura de manera cotidiana. Es ahí cuando hay que enfrentarse y luchar contra la famosísima “página en blanco”, que no es más que una etapa de bloqueo o dificultad para iniciar el proyecto que nos proponemos. Sin embargo, existen diversos ejercicios para agilizar el proceso creativo, muchos de ellos, encaminados a despertar el lado lúdico y a potencializar el lenguaje. Se puede empezar con algo tan básico y divertido como cambiar el final de alguna historia conocida, o intercambiar el destino de los personajes [digamos que en el cuento de Caperucita roja, es ella quien termina devorando al lobo y a la abuela]. También se puede acudir a la escritura automática o a la libre asociación de ideas y palabras para empezar a soltar la mano y la imaginación. Sabemos que el uso de estos ejercicios era común en los dadaístas, los surrealistas y otros autores de vanguardia, y que poco a poco, a través de los años, se han ido sumando a  múltiples prácticas implementadas por escritores que han dedicado parte de su vida a coordinar o impartir talleres. La forma más práctica y común para empezar a escribir es a partir del diario, como lo mencionaba antes; pero puede tratarse de un diario que consigne las actividades más relevantes del día, o, si resulta más interesante, un diario de los sueños que uno recuerde con más nitidez. Al dedicarle un par de horas al día a este tipo de escritura, se irá desarrollando no sólo el hábito, sino también la necesidad de escribir, y entonces habrá que plantearse un proyecto específico: un conjunto de poemas o historias, o un gran historia que conforme una novela; también, si hay un interés por relacionar temas teóricos o académicos con un desarrollo literario, podría alentarse el espíritu ensayístico o cronista de cada uno.

Se dice por ahí que un escritor siempre está  maquinando historias, y aunque suene algo exagerado, puedo decir que es cierto si tomamos en cuenta que cuando uno se dedica a escribir, se especializa en observar todo lo que sucede a su alrededor, pues a partir de ello podrá adquirir elementos para caracterizar a sus personajes dependiendo del tipo de lugar, tiempo y espacio en el que los sitúe. Por ejemplo, cuando vamos en el transporte público, a veces es inevitable escuchar las conversaciones entre la gente o darse cuenta cuando alguien va triste, enojado, con prisa, alegre, o preocupado. Todas estas impresiones que parecerían no tener importancia, en realidad son detonantes para que nuestro cerebro creativo empiece a funcionar a partir de preguntas básicas: de dónde viene esta persona; a dónde se dirige; habrá desayunado o no; por qué se le habrá hecho tarde; se habrá enterado de alguna mala o buena noticia; trabajará o estudiará, o estará buscando alguna de las dos opciones; tendrá pareja, hijos, familia; será de esta ciudad o vendrá de otra, incluso de algún otro país; etcétera. Las posibilidades son infinitas, justo porque conocemos sólo una parte de una narración que en apariencia no existe, pero que fue trazada desde que nos cruzamos con tal o cual persona. Es como si todos fuéramos actores de una sola historia cuyos personajes se entrecruzan todo el tiempo, formando microhistorias, y dependiera de nuestras acciones el rumbo que cada una de ellas tomará. Ésa es la labor del escritor: decidir, a partir de pequeñas acciones, el destino de todos sus personajes y transmitir las sensaciones y las atmósferas que éste percibe, al lector. Si el lector no logra visualizar y creer lo que está narrado en el texto, el escritor ha cometido alguna falla en el planteamiento de la historia o en la descripción de sus personajes. Cuando escribimos, es importante estar conscientes de que es verdad que ya todo se ha escrito, pero que somos capaces de aportar una nueva visión en la manera de hacerlo, y que al final, quien dará vida a nuestras ideas e imágenes, será el lector, pues todo lector es un escritor en potencia.

Derrumbe_Concepcion Huerta
Still de “Derrumbe”, Concepción Huerta

 

No te recibe la oscuridad, sino el aleteo de luces que nacen de un proyector y que parecen impulsadas por la vibración de un sonido que encapsula los cuerpos en capas de aire. Los cuerpos pierden la materialidad y oscilan entre las sombras y los haces de luz. La luz no es cualquier luz: es la luz del día filtrándose en todo lo vivo, lo que se mueve y lo que no / lo que respira y lo que no / para transfigurarla –a la luz– en sonido. Pero antes de que la atmósfera resuene, hay algo que resuena ya en la imagen y su movimiento: la literalidad de la búsqueda en los pasos sobre la hierba, atravesando el bosque: delata la intención/necesidad de extraer del cuerpo lo que sobra y atraer a él todo aquello de lo que carece: quizá un poco de otra vida: la vida de las hormigas sobre los árboles, de la esencia suspendida entre el cuerpo del cielo y una lengua negra y áspera que es el desierto.
Puede ser el silencio transfigurado en imagen; el sonido que nace de la imagen, una imagen que no suelta cabos ni estruendos, pero están ahí: las montañas y los desiertos, los edificios como montañas y las estructuras de hierro y aluminio; todo lo que es susceptible de producir -o al menos de sugerir- una onomatopeya inherente a su naturaleza: las estructuras, como los seres vivos, son organismos que resuenan, que guardan una historia en las células de los materiales que las sostienen, y los ecos de esas historias se materializan en los colores, en la erosión de sus formas, en la respuesta de sus vibraciones internas a las del ambiente que las abraza y moldea. Pero qué pasa si los sonidos no son sus sonidos, si los sonidos provienen de una fuerza que los observa, que los intuye, que los imanta como fuegos fatuos a los náufragos del desierto… Derrumbe del tiempo, de una fuerza sobre otra, tras otra. Derrumbe del material, de los cielos, de las cosas que se impregnan a su paso por la tierra /ya sea polvo/argamasa/concreto/arena. Derrumbe del eco por la mañana, cuando se puede percibir el momento en que las aves, guiadas por el sol y la neblina, buscan el refugio de los árboles. Derrumbe del estruendo al enrojecer el cielo, cuando la luna abre las fauces tras las montañas de poniente, devorando un edificio altísimo que se encumbra con la punta de algún faro que guía a las aeronaves hacia la pista que las ha de tragar hasta el subsuelo. Derrumbe de la conciencia de ser uno en otro / uno en todos: el ejercicio de desplegar las membranas oculares, los intersticios que se forman al juntar núcleos entre los pies y las manos. Derrumbe del sueño mientras miramos a los árboles pasar y no sabemos en qué noche nos encontramos. Las noches, como las que inventaba Tario, son los rostros del Universo que se muestran o se esconden a la mirada, al cuerpo del extranjero terrestre mientras espera a que todo aterrice de nuevo, a que el cielo se cierre, escame, deje de ser una espiral ominosa de fuego y fluorescencias verdes que palpitan al ritmo de un sonido largo, agudísimo, cavernoso, entrecortado de pronto, que se abre espacio entre un gusano espacial y otro, una programación y otra. Derrumbe de los circuitos de la noche enlazada en su electricidad de oro astral que no pertenece a este tiempo ni a esta cáscara de meandros dulces: primero es el bisbiseo, la insinuación de una entidad vocal que vibra mediante pulsaciones ante la alternancia de lo etéreo y lo sólido: la presencia y la esencia del cuerpo, la identidad, el individuo y lo que lo justifica como ente social: Derrumbe de lo que habita la tierra y lo que brota / se desprende de ella como el sonido del cuerpo y de la máquina / como si se tratara de una transmutación de esencias alquímicas si se piensa que para que esto que está naciendo, esto que se escucha, exista, debe atravesar sensores, códigos y cables mediante la manipulación –humana– de botones y palancas diminutas guiadas por la intuición de quien hace que el sonido brote como brota el vapor de las esferas de fuego subterráneas, como brota el deseo de atravesar carreteras y conocer otros entornos, otros rostros, otras esencias antes del Derrumbe. Pero las esencias se descomponen / como los cuerpos / como cualquier entidad orgánica y como lo que no está vivo: hay un Derrumbe en la materia, porque está impregnada de las historias de lo que crece a su alrededor, porque se construye con la energía que nos alimenta, porque toda energía constituye un ciclo, una espiral que grita, tiembla, implosiona y explota para generar el Derrumbe que se antepone al estruendo sonoro y visual: un estruendo que nace desde el fondo de la garganta y se imanta al que nace del fondo de las cintas, los poros de la imagen, el calor de las máquinas y nos envuelve, como nube de metal, como hálito de dragón, para hacernos sentir que hay algo entre todos los cuerpos que nos hace voltear a ver el misterio subterráneo: el misterio de lo que duerme en el fondo del Derrumbe antes de regresar al caos vaporoso del silencio.

 

 

*Híbrido textual a partir de la presentación de Derrumbe, el 16 de julio del 2015, en el Centro Cultural España, como parte del ciclo “Articulaciones del Silencio”, curado por Fernando Vigueras.

 

“À la recherche de l’acte inutile et gratuit” / En busca del acto inútil y gratuito : cosmogénesis escritural

Música de los cielos, Ahuizotl David Gutiérrez Castillo

Entrar a Word, ir a Archivo, seleccionar Nuevo, y oprimir Crear. Eso: una pequeña hoja en blanco que te ofrece una palabra/acción con la que puedes hacer lo que quieras: crear. El acto de enlazar una idea con una construcción de palabras que se siguen unas a otras en busca de un significado concreto, un mesmerismo ajeno al devenir del día que te rodea y al que sientes que no perteneces, pero del que formas parte: la torre de veinte pisos con estructura de cristal; tu asiento a un metro y medio de la ventana desde la que observas la fila de autos que avanza y retrocede, y sobre todo la luz que hace juegos a través de las nubes y las capas del cielo que aún se dejan ver como si estiraras la mano y estrecharas su acuática configuración de hidrógeno y oxígeno para beber. Te gusta imaginar que estar ahí, a cientos y tantos metros de altura sobre el nivel de la ciudad, es lo mismo que estar a bordo de un avión: ajustas tu silla como ajustas el cinturón de seguridad, te conectas a la Galaxia Internet como observas el cielo y los paisajes terrestres desde la ventana en la aeronave, y juegas, juegas a dejar que tu mente entre y salga de una esfera y otra: información, imágenes, música, historias, poemas, fragmentos de vida: lees todo lo que eres capaz de asimilar durante el intervalo de las horas muertas y las horas de labor, una labor que también consiste en reconfigurar palabras y significados, pero de otro tipo de textos, textos que en realidad no generan ideas, sino que reproducen dogmas. Pero eso no te desvía de tu verdadero propósito: estructurar y corregir, hacer comprensible algo que no lo es y seguir, dejar que el otro lado de tu mente siga parpadeando, siga percibiendo el paisaje, la voz, el sonido, la casa, el lenguaje que estás buscando. Porque ya has leído por ahí y por allá que toda escritura es búsqueda, y no hay búsqueda sin sinapsis entre lo que se percibe y lo que se imagina, entre lo que se escucha y se observa a partir de los otros lenguajes: todo lo vivo, todo lo que se mueve, se comunica, y la manera en que formas parte de esa comunicación, es precisamente el lenguaje con el que inventas tu identidad cada cierto tiempo, a veces engendrando y destruyendo ciclos, a veces retomándolos y dándoles otro sentido. Sabes que todo está codificado y que es difícil entrar a una o a otra estructura si no te esfuerzas lo suficiente modificando la capacidad de interacción de tus posibilidades perceptivas y en consecuencia creativas: ahí es donde entra la necesidad de dar vida al ente escritural, ese ente que planteas como una especie de esponja marina que se desprende de alguna parte de tu cuerpo y que se retroalimenta con el exterior a partir de la exploración sensorial para crear una fuente de datos con la que comienza esta maquinaria de intervención del inconsciente / creación de la alteridad. Por eso sueles relacionar tu propia imagen física –en tanto que refleja tu esencia- con un monstruo o un espécimen que toma lo necesario del plano consciente y del inconsciente para cruzar límites entre la lógica restrictiva y la fluidez verbal, muy cercana a la escritura automática, a la avalancha que se desencadena a partir de la sencilla acción de oprimir el recuadro que indica Crear después de haber seleccionado Nuevo y entonces las manos tienen que ser más rápidas que las palabras que ya asoman, intempestivas a decir que se escribe para confrontar aquello que explota en la vena interna, en el río de los cerebelos, de las concatenaciones cósmicas dentro de uno mismo. La idea no es desatar cualquier monstruo, sino desatarse y entregarse a lo que se escribe. Apoderarse de la noche para alimentar a la fantasmagoría de la luz varada entre la arena del desierto. El fantasma interior se alimenta de la angustia de avanzar sin decidirse por un mundo o el otro. La existencia se asume como un punto medio en el umbral de las ideas, del juego, de la experimentación entre uno y otro misterio. Buscar el temblor en la escritura: el acto de escribir se convierte en una anguila que se apodera de la mano para descargar, como en una mordida eléctrica, aquello que detonará la metamorfosis, la transgresión y la transfiguración del cuerpo y el ente a quien pertenece esa mano. Contracción de los sentidos que no llegan a ninguna parte más que a los laberintos de aire, de centauros de fuego. Sin ese gesto, no hay posibilidad de ser otro: la velocidad es una llave para cambiar la percepción de las dimensiones. Ser una perla / ser un relámpago: el tiempo es en el cuerpo lo que el cuerpo necesita que éste sea. No hay posibilidad de hacer al tiempo; se cae en sus manos como en las de una búsqueda de estadías corporales. La escritura sirve para buscar la transformación de la vie enregistrée/ la vida registrada [el registro de la vida]. Musicien de la verité qui donne le savoir. Crear una cosmogenesse / una cosmogénesis propia: el origen de uno solo, de uno mismo. Un signo que quiere ser escritura: la metamorfosis del signo como si se quisiera recrear la historia del signo a partir de sus deformaciones. Encontrar el golpe que calme la ansiedad de los terrores que se arrastran como sombríos hilillos de sangre entre los músculos de la noche, los cuerpos que se enredan y desenredan sobre sí mismos y que empujan a la voluntad del espíritu o al espíritu de la voluntad para crear a partir de esta enfermedad. Escribir como quien escarba entre las vísceras de un inconsciente más subterráneo, más lleno del sueño. Ante la página en blanco: Crear.

Sobre la escritura, la literatura de imaginación fantástica y la vida

yo

Hace poco leía una nota de Heriberto Yépez [ “La vida después del Buda Punk” ]  (vía Rafael Villegas en el fb) sobre la sobrevaloración de la imagen del escritor más que de la propia obra, y me quedé pensando si acaso quien vea la que decidimos incluir en esta entrevista pensará lo mismo. Eso sería una lástima, porque la intención de esta foto y de la mayoría con la que me gusta identificarme, sí tiene un significado que va más allá de la obviedad: para mí, hacer visible sólo una parte del rostro habla de decir y no decir; revelar y no revelar; mirar y no mirar para que aquello que no es evidente sea lo que se construye en el imaginario de cada uno cuando lee.

La entrevista estuvo a cargo de Dante Vázquez y se publicó hace unos días en la Revista Vozed. Comparto un fragmento de la primera respuesta:

Yo creo que el verdadero aspecto que hace diferente al ser humano de las otras especies animales es la capacidad de imaginar, y considero que quien no lo hace, mutila una parte natural de sí mismo, mutila la necesidad de explorarse para construir y para destruir, y sin esa constante valoración de uno mismo como un organismo del que hay que eliminar las partes podridas y regenerar las que aún pueden florecer, es más difícil conocerse y saber qué parte de uno funciona en el entorno del que forma parte como comunidad. Quien imagina tiene la posibilidad de transformar –a través de la literatura o cualquier otra manifestación creativa- la realidad desde las situaciones más inmediatas, hasta las más complicadas del mecanismo social. Por ello es que el hombre que imagina es el más peligroso para las estructuras autoritarias, y por ello es que escribir literatura de la imaginación es una forma de resistencia, de sublevación: hay una especie de rebeldía en crear historias y personajes que parecen no tener sentido, que toman determinados aspectos de la realidad y la voltean, la trastocan para mostrar ese otro lado que no cualquiera se atreve a vislumbrar. La otredad es, para mí, el secreto, el arma más fuerte de la literatura de la imaginación, porque en la otredad cabe desde el guiño más discreto hasta la maquinaria más extraña e inverosímil de lo que late en el ser humano, porque finalmente el miedo, el horror, la deformación de ciertos rasgos a partir de los cuales se configura el yo/monstruo e incluso toda una comunidad de universos alternos, son parte de la capacidad expansiva del ente escritural. Diría, entonces, que para mí, la literatura de la imaginación es una constelación en la que cada escritor construye su propia galaxia, una galaxia que configura luces y sombras a través de las cuales se descubre a sí mismo y ofrece una posibilidad de ser otro.

Y aquí pueden leerla completa: Iliana Vargas: Quien imagina tiene la posibilidad de transformar la realidad

La otra montaña

 

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Nos pides que te contemos cómo llegamos aquí, qué fue lo que pasó, qué incendio nos arrebató la cadencia de la sangre en el cuerpo tan joven, qué estruendo calló el embrión que era nuestro cuerpo, tan palpitante. Mentiríamos si dijéramos que no lo sabemos, que el estallido nos tomó por sorpresa. La bestia estaba ahí, al acecho, y nosotros atravesamos su territorio que también era nuestro porque la tierra no tiene certificado de pertenencia, pero sí -descubrimos bastante tarde- cancerberos que resguardan fortalezas enraizadas en la fuente inextinguible del ansia oscura: el ansia de control, poder y muerte: el ansia milenaria que estremece las entrañas y los huesos y mueve al hombre para imponerse a otro hombre, otro que ha dejado de ser su semejante, otro que viene de hacer su labor // la labor que no le conviene al hombre ansioso //, otro que no mira ni respira con las mismas reglas, con los mismos signos ni símbolos de inhumanidad. Y nosotros, que miramos a la bestia de frente, que no tuvimos manera de escapar al veneno de sus exhalaciones ni al odio de sus fauces, resultamos ser esos otros hombres // niños hombres // y nuestras células y nuestro pensamiento y nuestra sangre // que no compaginaban, que no hacían bien a la suciedad de los hombres ansiosos // debieron convertirse, de pronto, durante el instante de incendio terrorífico, en un hueso más de esa enorme montaña de huesos que sostiene a este mundo para significar la palabra EXTERMINIO, y la idea PELIGRO / PELIGRO / PELIGRO, porque eso significa [significamos] cualquier signo de otredad, de camino ajeno al que dictan la bestia y sus cancerberos agrios de sangre y desdén por la PALABRA y el CONOCIMIENTO que dan libertad a los hombres, a los otros hombres: los que todavía son capaces de reflejarse en sus semejantes.

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(sic) en el Museo del Chopo Foto tomada de: http://www.auditionrecords.com/chopo.php

 

Es el corazón quien decide qué hacer con los sonidos

Luis Rincón

I. El proceso de escucha como detonador de la ficción

 

  • Entidad sonora / ente escritural

 

El siguiente texto es producto de la reflexión en torno a un proceso de percepción auditiva llevado a cabo a lo largo de un año, tiempo en que he seguido  –en lo posible- un circuito de conciertos, experimentos performáticos, o actos sonoros/visuales/literarios, y programas radiofónicos organizados en el Distrito Federal[1] en torno a la capacidad de explotar las posibilidades de transformación del sonido, mediante un planteamiento estético determinado por la búsqueda consciente o inconsciente de cada entidad sonora [para mí, entidad sonora es el acoplamiento que surge de la interacción entre cada músico con otro (s) músico(s) o entre cada músico con su aparato / máquina / instrumento –todo ello, orgánico y mutante].

Valdría la pena aclarar  que este acercamiento a tales particularidades sonoras ha surgido a partir de dos motivos:

  1. Por la necesidad de ahondar en la relación intrínseca entre mi propio proceso creativo en torno a la escritura y su conexión con la experiencia auditiva.
  2. Por el sentimiento de asombro, sorpresa e incertidumbre que cada una de estas manifestaciones ha ido generando cada vez con más fuerza. Si pudiera pensarse en ello de manera abstracta, diría que cada concierto o “experiencia sonora” es como un disco que ha empezado a girar despacio y que a partir de la energía emitida/recibida/percibida en cada vuelta toma mayor velocidad, impulsado por una fuerza centrífuga que en algún momento explotará como parte de la inercia natural de destrucción<=> transformación que todo proceso creativo implica. Quizá parezca extraño hablar de los procesos creativos desde una visión ajena a cada entidad sonora, pues habrá incluso quien afirme que no busca crear nada, sino simplemente estar y ser lo que en ese preciso momento se manifiesta a través del sonido. Sin embargo, en tanto que lo que he presenciado no define su naturaleza como acto efímero sino como una diversidad de proyectos que cuentan con trabajo previo y con planteamientos que dan continuidad a sus búsquedas particulares, me parece que, aunque no se conozca a profundidad el rasgo identitario de cada uno, sí es posible notar un planteamiento que implica haber pasado por diversas etapas cuya intención particular sólo la conoce quien la ejecuta, pero que al ser compartida, da vida a algo experienciable en el sentido de que interviene de manera directa en el ambiente espacio-sensorial de quien se “somete” a ello durante la escucha.

Se entiende, entonces, que estas notas no parten de una visión desde el mundo musical, por así decirlo, sino desde la curiosidad implícita del ente escritural [para mí, ente escritural es quien se asimila como un indagador de todo aquello que se conecta con las inquietudes más profundas y a veces inexploradas en torno a la escritura]. Así pues, lo que me interesa es señalar la manera en que estas experiencias han generado otra capacidad de percepción, escucha, asimilación y detonación de imaginarios alternos a aquellos que se logran partiendo sólo de referencias literarias, pues por lo general, se cree que quien escribe lo hace sólo desde un punto específico del lenguaje.

  • Cazadores electroacústicos

 

Quien escucha es un cuerpo desnudo cuya forma se estremece o se expande dependiendo de las ondas sonoras que lo atraviesan y de la mirada de quienes lo ejecutan: el sonido desata imágenes aleatorias que el cerebro se encarga de hilar de acuerdo con la resonancia del inconsciente que prevalezca en el momento de escucha. Provoca imágenes, recuerdos, asociaciones; ambientes de los que no se tiene un referente específico, pero que puede inventarse o tratar de “recrearse” a través del medio que uno tenga a la mano, en este caso, la escritura.

 

El sonido provoca una sinapsis distinta a la que se logra mediante otros estímulos inducidos con un objetivo específico. En mi caso, la sinapsis se produce en busca de imágenes, atmósferas y texturas que puedan “traducirse” al lenguaje escritural, que sean capaces de intervenir en el proceso creativo que genera historias, voces y caracterizaciones específicas de entidades y personajes. Por eso, algo de lo que he aprendido a lo largo de estas sesiones es que durante esta interacción retroalimentaria es necesario olvidarse de individuos que generan sonidos e individuos que los escuchan: en realidad se trata de un proceso en el que se desprenden y reciben materias orgánicas, partículas determinadas por un tiempo y un espacio específico que parten de una entidad (a la que llamé antes entidad sonora) para formar parte de aquellas que le rodean.

Dentro de estas entidades se encuentra una que prevalece en la mayoría de los casos: el equilibrio entre el silencio y la saturación de los espacios inertes a través de la vitalidad de los cuerpos mediante un juego de capas sonoras: las manos / los dedos sobre los botones haciéndolos girar, oprimiéndolos para exprimir ondas elásticas, rugosas, punzantes y afiladas igual que los arpones de antiguos balleneros en busca de Moby Dick. ¿Cuál es el color de la ballena que buscan los cazadores de misterios electroacústicos? Observo la expresión en la mirada de uno de ellos; la búsqueda de nebulosas en medio del caos de cables y protuberancias metálicas sobre el tablero, o en el piso, o en el aparato que le conecta, como cordón umbilical, a su cuerpo. Es una mirada a punto de desorbitarse para acompañar la vitalidad exaltada de su compañero. Su compañero: manos exaltadas sobre los recovecos del instrumento, manos que exploran las lenguas de alambre que han sido implantadas en las extremidades de la mesa: una mesa de operaciones como las mesas de los poetas que experimentan en busca de fluorescencias en los jugos cárnicos de bestias indomables. A momentos parece que el sonido es el que decide cómo retorcer las manos, cómo acribillar el aire, cómo transformarse en navajas diminutas que seccionan, milímetro a milímetro, los pliegues de piel que se interponen entre la ductilidad sonora y los fluidos que vibran secretamente dentro de cada cuerpo que escucha. Entre ellos y nosotros se enarbola un montaje que conecta seres/aparatos con seres/aparatos de carne en un juego en el que no puede hacerse nada si no interviene el cuerpo, donde las máquinas/instrumentos intervenidos/mutantes/transformados poseen una identidad lista para ser descubierta por las manos adecuadas a través de una conexión de “esencias”, como si la máquina estableciera un puente de comunicación con quien “despertará” el sonido que duerme en ella; un sonido orgánico, animal, que delata respiraciones, pausas, alteraciones nerviosas: seres/aparatos en este montaje que simula siempre, cada vez de manera distinta, un particular laboratorio de alquimia que sobrepasa la simple experimentación sonora: es una irrupción espacial que desata alteraciones en distintas aristas de quien escucha/observa/percibe.

 

II. (sic): trance de híbridos para una fogata

 

(sic) es una banda integrada por Rodrigo Ambriz y Julian Bonequi. Lejos de referirme a cuestiones técnicas o especializadas, sólo puedo decir que sus instrumentos básicos son la voz, una batería personalizada, los respectivos aparatos electrónicos para hacer efectos, y juguetes u objetos de desecho o descontextualizados. He podido escucharlos casi en todos los sitios en donde se han presentado durante su primer año de vida, y el resultado escritural es el siguiente.

Un sonido arcano invade los siete puntos cardinales que delimitan las fronteras entre aquello que viene de la niebla y aquello que viene del fuego. Un sonido que es una entidad en la que expiran/aspiran dos profundidades cavernosas: la que asciende desde el pozo del manto acuífero sonoro que bulle en cada uno de sus cuerpos, y la que asoma en el filo que nace de la cuerda vocal, de la orilla de los labios, los dientes y la lengua. Son dos góndolas que son cuatro espejos humeantes que son ocho haces de luz que son (sic): la manifestación de aquello que latía en la sombra del hombre antes de que fuera hombre: el trueno abriendo una herida al cielo: la carne cruda, feroz, acercándose al cataclismo y a la boca abisal de la tierra.

Un arrecife, digamos, del que emergen híbridos de aire y piedra volcánica aún enfebrecida. Un arrecife de emanaciones vocales que articulan las capas de estruendos que a su vez son rostro y rasgo de magma y piedra. Golpes de fondo, golpes que raspan, que crujen, que estremecen la médula del hueso y del inconsciente, que sobrellevan el vuelo de la incandescencia cuando se inflama y resplandece y habla del misterio que llegó con el cielo incendiado cuando el cielo era una boca abierta llena de caries endemoniadas y colmillos de piedras preciosas. La radiación que se despliega en los filamentos de la saturación: una bola de alambres, enjambre de moscas, electrodos cuya nivelación ha sido alterada y provoca el escape de las voces que dormían en cada uno de los núcleos dimensionales del propio cuerpo: el cuerpo que recibe lo que esos cuerpos expulsan: el cuerpo que absorbe lo que esos cuerpos destilan.

El tumbo del aire entre los arcos, los puentes, los callejones de la garganta. Los remolinos que estrangulan y liberan a las cuerdas vocales como queriendo decir que se es y no parte del cuerpo: se es, porque ahí se gesta, pero se convierte en algo más, en una extensión del cuerpo y en una entidad independiente cuando alcanza a asomar e integrase a la densidad del ambiente exterior.

Viene la voz del cuerpo. Viene la voz y el golpe y yo creo que escucho pero en realidad veo cómo esos sonidos desgarran el sigilo de la noche entreverando los bosques lunares; cómo de ellos se desprende una entidad que acude al burbujeo de la materia cuando ella misma no sabía que era materia, cuando la tierra era hierba y era alumbre y de su entraña surgían raíces que lloraban al nacer, hinojos de sueño enredado en algas del mar sulfuroso pleno de arcilla y plaquetas y larvas que encapsulaban a las estirpes que se multiplicarían para ser cuerpos sonoros. Un protohombre invoca el estruendo de la piedra golpeando la piedra, o el tronco, o la piel disecada y estirada al borde de un aro que guarda el sonido de un tiempo que nadie conoce, pero que todos hemos soñado. En este tiempo, hay un código en el que se entremezclan cascabeles gigantes, colmenas cristalizadas, voces que se superponen a otras voces, que giran en una danza para saludar a todo lo que se estremece, a la sombra, al espíritu que da vida a todo lo inanimado que duerme en la piedra, en el árbol, en el agua. Entonces otra voz aterriza de un viaje de sueño cósmico y comprendo que puede hacerse vibrar de dos formas: estirándola como quien retuerce los músculos hasta adelgazarlos a punto de hilo, o afilándola en busca de la profunda sirena que duerme en sus fibras. La voz descascara una a una las capas de la tierra, y a cada ruptura, a cada agrietarse, un estertor anuncia el nacimiento de ese cuerpo sonoro que juega con la elasticidad de su materia para dar rostro a frases imperceptibles o inconexas, o faltas de significado que nacieron de la misma forma: sin sentido y sin significado, o fuera de contexto. Ése es el orden al que se atiene esta reconstrucción sintáctica: no hay sintagma o paradigma establecido, sino que la estructura, el organismo sintáctico, se va reconfigurando a partir de la alteridad sonora y su propio contexto, su propio significante y significado: (sic): el lenguaje antes del lenguaje: la alteración del querer decir: ser mensaje de fuego antes de ser palabra.

 

 

 

 

 

 

[1] Enumeraré únicamente los lugares a los que he asistido y el nombre del evento, ciclo, o festival del que se trató –en casos particulares–, así como los programas de radio a los que me refiero: Bucareli 69 (Tatsuya Nakatani/Nakatani Gong Orchestra), Capilla de Guadalupe (Festival Antes), Casa Kan, Centro Cultural España (Nicho Aural, Articulaciones del Silencio / Soledades, lecturas sonoras del imaginario gongorino), Dirty Sound Bar (Disecciones 1.1 / Disecciones 1.2), El Espectro Electromagnético, Ex Teresa Arte Actual (Registros de Audición), Jazzorca, Laboratorio Arte Alameda (Nicho Aural), La Quiñonera (Lxs Grises Fest Vol. II),  muac (Articulaciones del Silencio), Museo del Chopo (¿Algo resuena? Investigación y prácticas en torno al evento sonoro), Museo del Juguete (El Historial) Rancho electrónico (Más vale pedir que robar), yume (Umbral. Sesiones de bajo volumen).

Programas de radio: Ceviche de sarraceno (nofm Radio [Internet]); Ex -Perimento Radio (96.1 FM Radio UNAM) y Ruido a ciegas (Radio CCD [Internet]).

Este texto fue publicado en Revista Registro, donde se incluyen audio y video seleccionados por el editor.

Más de ellos en (sic)

Naturaleza y transfiguración

Cuando me preguntan sobre mi insistencia en la transfiguración fisionómica y esencial de ambientes y personajes, pienso automáticamente en los sonidos y en su tránsito provocado por aquello que les rodea: el desplazamiento o la contención del sonido: la traslación de un momento sonoro a otro; movimiento provocado por algún elemento ajeno a la naturaleza del sonido o inherente a ella. Cuando pienso en transfiguración, pienso que con la escritura debería suceder lo que dice Ute Wassermann que busca hacer con la voz: volverla irreconocible en tanto que es susceptible de adoptar identidades innumerables que reflejan la diversidad perceptiva de quien la genera: Ute Wassermann en Ceviche de sarraceno

Macabra

Vagabundeaba, para qué negarlo. Y en ese vagabundeo en busca de revelaciones cromáticas que suelen disparar los árboles después del agua asoleada, descubrí a una anciana que, tras una cactácea, observaba la calle tras la ventana. Vi que me vio y desvié la mirada. Después volví a verla y ella me seguía mirando. Casi en automático, sin dejar de observarla, pensé: “Qué cosa tan macabra una anciana mirando por la ventana”…  Y más adelante, escuchando las reflexiones de mis pasos, un nuevo pensamiento me invadió: “Quizá para esa anciana no exista algo más macabro que una fisgona espiándola desde la calle a través de la ventana…”

Inquietud fáustica

Fausto

Pienso en los libros dedicados a Fausto, a la figura “fáustica”, al elemento que, al referirse a la transgresión del espíritu y de la esencia para beneficiar al sentido corpóreo, tiene como único y gran ejemplo al Fausto.

Para mí, Fausto es otro Hacedor de Estrellas, es el ente que se deja invadir por la visión y la alquimia de Mefistófeles para perder toda significación humana y convertirse en un elemento más de la gran Sustancia, pese a que sus deseos e instintos humanos lo hayan movido a aceptar un tipo de “reconfiguración” que a primera vista es débil, convencional y mundana, pero cuyo peso metafísico es bastante fuerte en tanto que se alude al proceso de manipulación de tiempo, esencia física y esencia espiritual.

Pienso en Fausto y me pregunto si yo misma aceptaría firmar un contrato semejante; incluso me aventuro a imaginar si yo misma redactaría las cláusulas y dispondría los ingredientes de la fórmula para iniciar la Transgresión Alquímica de leyes naturales, espirituales y corpóreas.

Pero, ¿qué le pediría al sagrado Mefistófeles para disuadirlo de canalizar su poder inhumano en mi espíritu inquieto? Por ahora, lo que se me ocurre, es lo siguiente:

Que me dotara de los medios económicos necesarios para viajar y vivir en distintas capitales del mundo y permitiera que mis campos cognoscitivos fueran susceptibles y capaces de aprender las lenguas, los misterios semánticos y sintácticos de cada idioma que yo sintiera cercano a lo que debo expresar, ya sea por su complejidad gramatical o sonora. Por supuesto, utilizaría este conocimiento para leer y comprender de manera más cercana, más fidedigna, lo que tantos escritores perciben en su idioma original, y, me arriesgaría a experimentar lo que mi propia escritura querría decir al gestarse utilizando los secretos revelados de cada lengua, de cada idioma, en conjunción con aquello que habita en las Esferas de mi cerebro y de los ecos o umbrales que yo llamo las Grietas Blancas, y que percibo insertas por todas partes de la vida terrestre, inserta, a su vez, en la otra vida terrestre, la vida de todos los días, para la que suelen ser invisibles.

Sí, la polifonía lingüística es una de mis más grandes fascinaciones, pero, ¿será un reto suficiente para que Mefistófeles aceptara la complicadísima faena no sólo de llevar, sino de parlamentar con los disturbios y las tremendas euforias de mi alma a cambio?

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